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A 25 años del 11 de septiembre, así transformaron los atentados a EE.UU.

El 11 de septiembre de 2001 sí cambió profundamente a Estados Unidos. Los ataques transformaron los aeropuertos, ampliaron la vigilancia gubernamental, abrieron guerras de duración incierta y colocaron la seguridad nacional en el centro de la vida cotidiana.

Sin embargo, describir el 11 de septiembre como el día en que terminó una época inocente simplifica una historia más incómoda. El terrorismo, la polarización política, la desconfianza en las instituciones y la revolución digital ya avanzaban antes de que los aviones impactaran las Torres Gemelas y el Pentágono.

A un cuarto de siglo, el 11 de septiembre se entiende mejor como un acelerador: un punto de inflexión dentro de una fractura que había comenzado antes y que continuó después.

¿Realmente el 11 de septiembre cambió todo en Estados Unidos?
La respuesta corta es sí, aunque no de manera absoluta. El 11-S redefinió lo que el Gobierno podía hacer en nombre de la seguridad y lo que millones de estadounidenses estaban dispuestos a aceptar para sentirse protegidos. Casi 3,000 personas murieron en los atentados de Nueva York, el Pentágono y Pensilvania, según el Museo y Memorial Nacional del 11 de Septiembre. El impacto humano fue inmediato; el político y cultural se extendió durante décadas.

El testimonio del periodista Nicholas Spangler muestra lo difícil que fue comprender el alcance de ese momento. En su ensayo “Diary of Disaster”, escrito después de presenciar la devastación en el bajo Manhattan, primero concluyó que la forma de vida estadounidense había terminado. Tres meses más tarde corrigió su propia impresión: para la mayoría, escribió, la vida no había terminado, sino que había sido interrumpida. Esa contradicción sigue siendo útil. El país continuó, pero lo hizo bajo nuevas reglas.

¿Qué cambió después del 11-S en seguridad y vigilancia?

La transformación más visible llegó a los aeropuertos. Los controles federales, las restricciones sobre el equipaje y las barreras de seguridad que hoy parecen rutinarias surgieron de la respuesta a los atentados. El Gobierno también reorganizó 22 agencias bajo el Departamento de Seguridad Nacional y amplió la coordinación entre inteligencia, inmigración, aduanas y seguridad fronteriza.

El Congreso aprobó además la Ley Patriota, que extendió las facultades para realizar vigilancia, seguir comunicaciones, solicitar registros comerciales y compartir información entre agencias. El Departamento de Justicia sostuvo que esas herramientas permitirían “conectar los puntos” antes de otro ataque; organizaciones de derechos civiles cuestionaron durante años su alcance. La tensión permanece: una encuesta de Reuters/Ipsos encontró que el 65% rechaza que las agencias de inteligencia vigilen sin orden judicial las comunicaciones electrónicas de ciudadanos estadounidenses. El Departamento de Justicia explica aquí las facultades incorporadas por la ley.

El 11-S también abrió una etapa de guerra prolongada. Estados Unidos invadió Afganistán para perseguir a Al Qaeda y al régimen talibán que le daba refugio. Dos años después invadió Irak, aunque la Comisión del 11-S no encontró una relación operacional entre ese país y los ataques. El informe oficial de la Comisión del 11-S documentó fallas de inteligencia y coordinación que precedieron a los atentados.

¿Estados Unidos era realmente más inocente antes del 11 de septiembre?
La memoria suele pintar la mañana del 11 de septiembre como el final de una época tranquila: cielo azul, oficinas llenándose y noticieros concentrados en problemas domésticos. Pero el país ya conocía el terrorismo. Una bomba colocada en el World Trade Center en 1993 mató a seis personas e hirió a más de 1,000, según el FBI. En 1995, el atentado de Oklahoma City dejó 168 muertos, incluidos 19 niños, y reveló el peligro del extremismo interno.

También estaban en marcha cambios que no nacieron de los ataques: internet se expandía, las cámaras digitales comenzaban a sustituir a la fotografía analógica y los teléfonos móviles avanzaban hacia una presencia permanente. Los disquetes cubiertos de polvo conservados entre los restos del World Trade Center pertenecen a un mundo que hoy resulta tan lejano para los jóvenes como el propio ataque. El 11-S aceleró la vigilancia, pero la tecnología hizo posible que esa vigilancia se volviera ubicua.

¿Qué más revela el legado del 11de septiembre?
Los ataques unieron brevemente al país, pero esa unidad convivió con miedo, sospecha y discriminación, especialmente contra musulmanes, árabes y personas percibidas como pertenecientes a esas comunidades. La guerra contra el terrorismo no solo operó en el extranjero: también modificó debates internos sobre inmigración, identidad nacional, libertad religiosa y hasta qué punto el Gobierno podía restringir derechos para enfrentar una amenaza.

La percepción del peligro también cambió. En una encuesta de Reuters/Ipsos realizada antes del 25º aniversario, el 33% identificó el terrorismo doméstico como la principal amenaza para la seguridad de los estadounidenses, frente al 20% que señaló el terrorismo extranjero. Además, el 48% consideró que la guerra de Afganistán no justificó su costo, mientras el 51% dijo lo mismo sobre Irak. Los resultados muestran cómo se desplazó el temor nacional: de enemigos externos a amenazas nacidas dentro del propio país. Consulta los resultados completos de Reuters/Ipsos.

Qué observar en el legado del 11-S después de 25 años
La pregunta ya no es únicamente si el 11 de septiembre lo cambió todo, sino cuáles de esos cambios deben permanecer. Las guerras posteriores dejaron una generación de veteranos, familias desplazadas y costos humanos, económicos y políticos que todavía se calculan.

El 11 de septiembre no fue el inicio de todos los problemas actuales ni el final de una era perfecta que nunca existió. Fue el momento en que varias corrientes —terrorismo, tecnología, poder ejecutivo, militarización y miedo— convergieron y ganaron velocidad.